Las “muñecas de la mafia”: qué oculta el estereotipo sobre las mujeres en el crimen organizado
Del estereotipo a la función
Durante años, la narrativa dominante presentó a las mujeres asociadas al narcotráfico como adornos del poder masculino: jóvenes hipersexualizadas, beneficiarias pasivas de lujos y protección. Esa representación ocultó una realidad más incómoda.
De acuerdo con investigaciones regionales, la presencia femenina en el crimen organizado ha sido constante, pero subestimada. La imagen de “acompañante” funcionó como velo cultural para invisibilizar tareas logísticas, administrativas y operativas que sostienen economías ilegales complejas.
La expresión “muñecas de la mafia” proviene del imaginario de las narconovelas colombianas de la década de 2010. Allí se representaba a mujeres jóvenes vinculadas sentimentalmente con narcotraficantes, a quienes se atribuía una estética basada en cirugías, ostentación y consumo como símbolo de ascenso social.

Qué roles ocupan hoy las mujeres en el crimen organizado
Según InSight Crime, las mujeres han ocupado históricamente roles subordinados dentro de estructuras criminales dominadas por valores masculinos: cultivo, transporte de drogas, tareas logísticas o de apoyo. No obstante, este patrón está cambiando.
Hoy se observa una participación más amplia y, en ciertos casos, un protagonismo ascendente. Las mujeres no solo aparecen como víctimas: también gestionan redes, administran recursos, reclutan personas y participan en economías criminales como la trata, donde pueden ser simultáneamente explotadas, intermediarias o lideresas.
Para el experto en seguridad Ghaleb Krame, los cárteles evolucionaron hacia el “poder blando”. “Una mujer con visa limpia, apariencia elegante y disciplina firme vale más que un convoy de hombres armados”, sostiene. La estética permanece —cuerpos esculpidos, imagen cuidadosamente curada—, pero ahora se combina con funciones estratégicas: intermediación financiera, movilidad internacional, vínculos políticos y gestión de imagen.
América Latina: trayectorias diversas, mismo patrón
Colombia ofrece un ejemplo claro de esta evolución. Las mujeres cumplen mayoritariamente funciones de captación en redes de trata de personas, un rol de alto riesgo frente a las autoridades. El fenómeno se agravó con el aumento de migrantes venezolanas y el control de pasos ilegales por grupos armados que reclutan y explotan sexualmente, incluso a menores.
El caso de Liliana Campos, conocida como “La Madame”, muestra otro rango. Capturada en 2018, lideró una red transnacional de explotación sexual con fachada empresarial, controló corredores sexuales y explotó a unas 250 mujeres. Aunque estos casos parecen excepcionales, la ONUDD señala que en las Américas más de un tercio de las personas condenadas por trata son mujeres.

En México, el fenómeno de las buchonas siguió una trayectoria similar. Lo que comenzó como una etiqueta para las parejas de narcotraficantes evolucionó hacia un perfil funcional. Muchas viajan con pasaportes limpios, hablan varios idiomas y se mueven con facilidad en aeropuertos y ciudades globales. Actúan como mensajeras financieras, exploradoras de rutas o intermediarias. Algunas incluso cruzan a la política, financiando campañas, gestionando redes de influencers u operando fundaciones fachada, según Krame.
El caso de Emma Coronel Aispuro, esposa de Joaquín “El Chapo” Guzmán, evidencia esta transición. Tras cumplir menos de tres años de prisión en Estados Unidos, reconstruyó su imagen pública como empresaria y figura mediática, hasta desfilar en el Fashion Week de Milán en 2024. El símbolo volvió a imponerse sobre el delito.

Narcocultura, género y falso empoderamiento
La narcocultura ofrece un modelo de ascenso rápido basado en ostentación, consumo extremo y capital simbólico. Para algunas mujeres, este espacio funciona como negociación de poder; para otras, como circuito de explotación o como estrategia económica calculada.
Reducir este entramado a la figura de la “muñeca” es funcional al crimen: oculta la estructura, personaliza la culpa y trivializa el análisis. Reconocer que algunas mujeres cumplen roles activos dentro del crimen organizado no implica desconocer que muchas operan bajo presión o violencia, pero tampoco elimina sus responsabilidades.
La conversación digital: simplificación y arquetipo
En redes sociales —especialmente en TikTok— el término “muñecas de la mafia” opera más como categoría cultural que analítica. Fotografías de lujo, viajes y negocios visibles se usan como atajos narrativos para explicar el crimen organizado sin mediación judicial.
Entre el 7 y el 19 de enero de 2026, la conversación en Ecuador alcanzó a más de 1,5 millones de usuarios, impulsada por un número reducido de publicaciones amplificadas algorítmicamente. La dinámica no distingue entre:
- mujeres con roles criminales reales,
- figuras que capitalizan la estética narco,
- o personas cuya exposición pública las vuelve parte del relato.

El resultado no es invención del fenómeno, sino aplanamiento: trayectorias distintas quedan encapsuladas en un mismo arquetipo.

¿Entonces?
El concepto de “muñecas de la mafia” no explica el crimen organizado: lo simplifica. Las investigaciones muestran que la participación de las mujeres en economías criminales es real, diversa y funcional, con roles que van mucho más allá del estereotipo ornamental.
Comprender esa transformación exige abandonar dos errores frecuentes: negar la agencia femenina o convertir la estética en prueba automática de delito. En el punto medio está el análisis riguroso: uno que permita entender cómo operan hoy las estructuras criminales sin caer en romantización, estigmatización ni espectáculo.
Fuentes:
Citadas en el texto